Después de mucho insistir, mis sobrinas me convencieron para ir con ellas a la gran fiesta de fin de temporada. No sabía cómo decirles que se fueran solas, ya que yo solo iba a estar sentada. Pero al final acepté, alegrándose así todo el grupo con el que íbamos.
Al entrar al local reviví recuerdos de cuando iba a bailar. Tenía un excelente compañero de baile. Todos sus amigos le llamábamos Carioca; era profesor de danza desde muy joven. Fuimos grandes amigos, y compañeros en todos los encuentros donde se bailaba.
Después de los discursos y entrega de premios, se inició el baile. Al principio solo se oía la música, que hacía tiempo no me deleitaba tanto. Esto me transportó a aquella época tan lejana cuando fui muy feliz.
Sin saber cómo, me encontré en brazos de Carioca. Mientras me conducía a la pista, con nuestras manos unidas, quise retenerle para hablarle, pero no me dejó. Rodeó mi cintura; al apoyar su mejilla en la mía, nuevamente volví a insistir:
̶ Por favor, debes dejarme hablar; es necesario, porque yo… ̶ No me dejó decir ni una palabra más; solo escuché su voz varonil que me decía “¡calla y baila!”. Cuando quise reaccionar ya estábamos danzando. Qué sensación tan especial, bailar con mi vestido predilecto, de color azul; lo notaba en mis piernas al dar aquellos giros tan ágiles y prolongados que solo podía hacer con él; sentía cómo mi cabello negro, recogido con mucha habilidad, se fue soltando de tanto girar. Yo sentía su mirada de satisfacción cuando daba un paso, un cruce, o hacía un nuevo movimiento que nunca habíamos realizado, pero que salía bien, como si siempre lo hubiésemos practicado.
No sé cuánto duró aquella locura, pero me sentía en otro mundo. Otra vez quise decirle lo que desde el principio intentaba, pero él, apretándome con su brazo derecho, me dijo:
̶ ¡Calla y baila! Déjate llevar, vive este momento como tantas otras veces hiciste. Hazme caso, ¡calla y baila…!
Al terminar la música dejamos de danzar. Me tomó de los hombros, me retiró hacia atrás, besó mi mejilla (como siempre lo hacía), soltó lentamente mi mano y se fue caminando hacia atrás. Y levantando la suya, me saludó con aquella sonrisa de siempre, hasta perderse entre las parejas que seguían bailando sin darse cuenta de lo que ocurría entre nosotros.
Nuevamente sentí la opresión de una mano, pero esta vez no en mi cintura, sino en mi brazo. Era mi sobrina, preguntándome:
̶ Tía, ¿qué tienes? ¿Te sientes bien?
La miré sorprendida; después oteé hacia todos lados esperando ver a mi querido amigo; pero no fue así. Volví de nuevo la mirada hacia ella y le pregunté:
̶ ¿Ya nos vamos?
̶ Nooo, si recién llegamos… ¿Qué tienes?
̶ Nada, nada, querida; estoy bien, gracias. ̶ Y entonces se retiró de mi lado.
Al quedarme sola, lo primero que hice fue buscar mis bastones; sí, allí estaban, donde los había dejado. En ese trance comprendí que todo había sido una fantasía de segundos, quizá minutos. Mi cuerpo se estremeció al recordar que mi querido amigo hacía unos años que ya no se encontraba entre nosotros.
No hice ningún comentario y traté de pasar bien el resto de la velada.
Nos retiramos ya avanzadas las horas de la noche. Al encontrarme en mi cama reviví lo ocurrido, y acepté lo que había sido simplemente, en efecto, un hermoso sueño. Tan hermoso que lo creí real.
Ahora vuelvo a recordar lo que le quise decir desde el primer instante que yo no podía bailar, porque usaba bastones; pero él no me lo permitió, y cada vez que me repetía “¡calla y baila!” me llevaba a creer que todo era realidad; y la imaginación me regaló aquella vivencia. Por eso, ahora y siempre bailaré y cantaré, porque aprendí que con una ilusión sí se puede ser feliz. Y no cuesta nada.

