No sé precisar el tiempo de tu óbito, porque sigues a mi lado. El recuerdo del viaje que hice para conocerte aquí en España siempre me acompaña, y los escritos sensibles y románticos que me enviabas, al leerlos después de mi regreso me hicieron esparcir muchas lágrimas; ¡eran tan tuyos!
En esta página no lograré plasmar las enseñanzas que me diste durante nuestra unión. Amado esposo, tras marcharte a tu viaje sin retorno solo me bastaba alzar la mirada al cielo para encontrarme entre tus brazos. Recodar tu sonrisa es como un bálsamo para mi quebrantado estado; quedó grabada en mi memoria, a pesar de que te la llevaste contigo. ¡Y qué decir de tu voz cuando me expresabas, con tanta dulzura, lo que yo significaba para ti!
No tenerte como antes me hace sentir desprotegida; mi horizonte no tiene comienzo ni fin, y sin embargo percibo tus caricias como una cálida brisa, y sigo viviendo gracias a la radiante comunión de nuestras almas.
Daría mi vida, si fuese posible, por tenerte nuevamente y seguir viviendo juntos, tanto deseo el dulce contacto de tu amor. Extraño tus labios besándome; siempre sueño con ellos.
Ya no te tengo conmigo. Me duele mucho tu partida, mas a pesar de todo deberé admitirla. Tu recuerdo estará latente por siempre en mi vida. Me enseñaste a vivir y me diste mucho amor; por eso llevo tu ternura conmigo. En las noches no puedo conciliar el sueño porque me faltan tus manos; y tu ardiente mirada. Muchas veces creo escuchar tus palabras o consejos tan sabios. Al recordar tus besos temo enloquecer; busco tus labios, pero no están. Sueño contigo, y cuando despierto desearía tenerte de nuevo en mis brazos; no obstante, me doy cuenta de la triste y cruel realidad, y en esos momentos quisiera morir.
Sé y debo entender que ya nunca más existirás. Aceptaré tu gran vacío, aunque tu recuerdo me permitirá continuar con la vida…

