Dama de RojoEDITH AGUIRRE
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Relato · Edith Aguirre

NO LO SABRE

Flores secas tras los cristales cubiertos de lluvia
Unaizat Abdulgamidova / Pexels
Lectura a tu medida

Cariño mío, no puedo creer, ni quiero recordar cuantos meses y años que ya no te tengo. Sólo sé, te debo tanto amor, admitirlo aún me cuesta. Estoy segura, no te olvidaré nunca. La mente no nos enseña a olvidar, sí a resignarnos.

Puedo gritar: ¡tú me amaste!, ¿sabes por qué? Pude percibirlo en tu coba, palabras de ternura como aquellas, tan sabias, las decías siempre; en las acciones para conmigo, y mis hijos. En la llaneza y enseñanzas recibidas, en muchos momentos y situaciones. Quisiera descansar, como lo hacía cuando te encontrabas a mi lado, abrazada y recibiendo arrumacos y besos.

Con tus ocurrencias tan bonitas, especiales. Entornar mis párpados bastaba para verte. Recuerdo cuando no deseabas contestarme al tener yo la razón, o no querías decir de qué se trataba el tema. Muchas veces te veía cual niño travieso, también vi tus lágrimas. Otras, temeroso, desesperado, a tal extremo sufrías por miedo a dejarme sola, sin ti en la vida.

Haré de cuenta, no, nunca partiste, te has ido en tus acostumbrados viajes de negocios, y en cualquier momento vendrás a buscarme. Es mi hermoso sueño quien me permite continuar sin tu presencia física.

Cuando me sienta muy triste, pesarosa, sin saber el rumbo a tomar, indagaré y me atinaré al recuerdo para poseer tu compañía en mi agobiante soledad. Sigo amándote, aún sin disfrutar. No puedo olvidar las últimas palabras cuando me pedías que no permaneciera sin alguien a mi lado, que no deambulara sola por el mundo. No lo puedo silenciar: ¡lo intenté!, mas fue un fracaso.

Qué hacer, para poder olvidar lo que mi hijo me confesó luego de tu partida. Lo que le pediste al salir de la consulta del oncólogo: “A mamá de esto, ni una palabra. Júramelo que nada le dirás. No quiero que sufra, ni que me vea mal. No haré nada de lo que el médico me ha indicado, nada. Así será más corta la agonía, por lo menos para ella. Quiero que me recuerde tal y como era cuando nos conocimos. Sé cómo es ella, no quisiera y temo llegué ser una abúlica. Si de verdad me quieres como siempre me dices, lo tienes que hacer”. ¡Sí, mi hijo cumplió con su palabra!.

¿Tanto fue tu amor que te ofuscó y no sabías lo que hacías? ¿O fue tu temor a esa maldita enfermedad? Nunca llegaré a saberlo.

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