Me pides que no llore frente al lugar donde descansas, porque solo tus
cenizas se encuentran allí; tú, no.
Así es porque te siento tan dentro de mí, que hasta puedo seguir
oyendo tu voz diciéndome: Espérame en cada momento. Seré la suave
brisa que acaricie tu rostro y los labios que tantas veces besé; el viento
que juegue con tu cabello, como era mi costumbre, y que a ti tanto te
agradaba.
Brillaré tanto, o más, que el sol quién iluminará tu senda solitaria; será
otra forma de estar junto a ti. No sabes, como me faltas, amada mía.
Seré la lluvia en la que tanto te encantaba caminar, la que te salpicaba
el rostro cuando lo levantabas para dar gracias al Cielo por su frescura.
En las alboradas, cuando escuches el trino de los pájaros seré yo
deseándote un día feliz.
Y en las noches, cuando alces la vista al firmamento y veas la danza
Tintineante de las estrellas, también seré yo deseándote un buen
descanso.
Por ello te pido, mi amada, no llores; yo tan solo me adelanté para dar
el último paso; tuve que partir antes que tú.
Sin embargo, no estoy allí, porque no he muerto…
¡Sé que he de seguir viviendo por siempre, en ti!

