Todo empezó con un ordenador, o una computadora, como se decía en aquel entonces en mi país. Sí, la clave de todo fue el aparato electrónico que revolucionó nuestras vidas en el comienzo de los años noventa. En aquel tiempo, la situación económica de mi familia era muy frágil. Yo estaba divorciada y tenía dos hijos a mi cargo. David, el mayor, cursaba su último año en el instituto «Gabriel del Mazo», ya le faltaba poco para obtener el título de Técnico Electrónico. Durante los cinco años de la carrera sus notas eran excelentes; también era buen compañero. Para mí como madre, David era el motivo de mucho orgullo; desde el preescolar hasta el final de sus estudios nunca tuve problemas con él. Todo lo contrario: me daba muchas satisfacciones y alegrías. Por eso creía que mi deber era apoyarlo en todos sus proyectos.
Aquel año teníamos dificultades especiales con el presupuesto familiar. Yo temía no poder afrontar los gastos del viaje de fin de curso de David. Tendría que pedir un préstamo para pagarlo y no sabía si posteriormente podría devolver la deuda, aunque más tarde supe que se podía ir pagando poco a poco, cada mes, lo que me calmó bastante. Planifiqué mejor nuestros gastos y, con tremendo esfuerzo, empecé a depositar los pagos. Deseaba que mi hijo fuese en ese viaje, como todos sus compañeros; se lo merecía.
Un día David llegó a casa muy contento. Les habían comunicado que el colegio recibiría un lote de computadoras con vistas a venderlas a los alumnos, y que también se podían pagar poco a poco, cada mes. Su mirada que me decía, «por favor, viejita, yo quiero tener una», se me quedó estampada en el cerebro. El corazón se me encogió de pena, porque de ninguna manera podía hacerme cargo de las dos cuotas. Después de la cena, nos sentamos a descansar y, como era de esperar, de nuevo salió el tema. David me dijo que buscaría un trabajo y que él mismo pagaría el equipo. Su idea no me gustó en absoluto y la rechacé. Le pedí que esperara hasta el día siguiente, así tendría una noche para pensar en la posible solución.
Andrés, mi hijo más pequeño, antes de ir a la cama se recostó a mi lado.
—¿Mamá, qué harás con lo que quiere David? —me preguntó—. Si me permites, te doy un consejo: cómprasela. Se lo ha ganado, ha sido un bocho durante su carrera.
Me dio un beso y se fue a descansar. No pude dormir, pensando y dando vueltas, pero al final tuve una idea. Con todo mi dolor, decidí proponerle algo a mi hijo. Estaba segura de que no existiría otra solución. Al levantarme para ir a trabajar, lo encontré en la cocina preparando el desayuno para los dos. Le expliqué que lo había pensado seriamente y no fue fácil. David me escuchaba muy atento. Le dije que tendría que elegir: ir de viaje de fin de curso o comprar la computadora. Los dos gastos estaban fuera de nuestras posibilidades.
Cuando me despedía para irme, me abrazó y me dijo:
—Viejita, ya lo he decidido. Viajar lo podré hacer en cualquier momento. ¡Quiero la computadora! Con ella podré trabajar en lo que me gusta.
—Bien, de acuerdo, hoy mismo iré a tu colegio; y no sé, espero que ellos acepten mi solicitud. Quiero pedirles que hagan el traspaso del dinero destinado para el viaje para pagar el equipo.
Al llegar al colegio fui atendida por la señora rectora. Me escuchó con mucha atención y llamó a la contadora, que no tardó en presentarse ante nosotras. Conversaron entre ellas. Sentí una gran alegría cuando me comunicaron que aceptaban mi propuesta. Además, me felicitaron por David, que era un alumno muy estudioso y aplicado. Dijeron que durante sus cinco años en el colegio había sido un abanderado. Así que tomando en cuenta todo eso, aceptaban nuestra solicitud. Además, a través de mí lo felicitaban por la buena decisión que tomó, mostrando así su madurez. Él escogió los estudios por encima del paseo, por eso el colegio se comprometía a pagarle las últimas tres cuotas. Al elegir la compra de la computadora, mi hijo ni siquiera se imaginaba que ese aparato sería un mecanismo para cambiar la vida de todos nosotros.
Un viernes por la noche, el equipo tan deseado por mis hijos, especialmente por mi hijo mayor, llegó a casa. Todo el fin de semana David estuvo frente al monitor, estudiando las instrucciones, que en aquel entonces venían en inglés. Pasó muchos días leyendo y aprendiendo el manejo del equipo. En una oportunidad le dije que se inscribiera a un curso, que así le sería más fácil, pero me contestó que no era necesario; además, no quería que yo gastara más dinero.
Sinceramente, en aquellas semanas la computadora no me llamaba la atención; solo la tocaba cuando limpiaba el escritorio. Sin embargo, una tarde descubrí en la pantalla un juego digital, «El solitario», con el que a veces me entretenía, pero con cartas reales. Estuve mirando al monitor un rato, pero no entendía cómo se hacía. Le pregunté a David cómo podía usar el equipo. Lo primero que me enseñó fue a mover el ratón y luego me explicó las reglas del juego en la pantalla. Aquella noche, cuando los chicos se fueron a un asado, me senté a jugar. ¡Me encantó! Me resultó fácil y lo encontré muy entretenido. Después de pasar un rato frente al monitor, sentí el ruido de las llaves en la cerradura de la puerta y enseguida vi entrar a los chicos. Me sorprendí al verlos y les pregunté si se les había olvidado algo.
—¿Olvidado? Nada. ¿Por qué? —contestaron, asombrados.
—¿Tan temprano y de vuelta?
—¡Ja, ja, ja! —me dijeron sin dejar de reírse—. ¡Madre querida, son las seis de la mañana!
No lo podía creer. ¡Estuve jugando ocho horas seguidas, por Dios! Desde ese día me fui acostumbrando a la computadora. Con el tiempo, David empezó a impartir cursos de informática, y yo y Andrés íbamos a escucharlo. Allí aprendimos muchísimo. Cada día yo le tomaba más cariño al aparato y ya no lo veía como algo extraño. Gracias al él y a mi hijo mayor tuve mejoras en mi trabajo. Porque un día, cuando David ya estaba trabajando en la misma empresa que yo, juntos fuimos enviados a la capital para buscar las dos primeras computadoras para nuestra oficina. El pequeño bicho, como yo lo llamaba al principio, poco a poco empezaba a darnos alegrías y satisfacciones. ¡Si supiera entonces lo que me brindaría en el futuro!
