Avanzaba el mes de julio del 2001. José estaba de viaje por Madrid y yo me había quedado sola en Guardamar. Me preparaba para bajar al mar, cuando el timbre de la calle me sorprendió. Al abrir, me encontré con Graciela y Rogelio, un matrimonio de argentinos, amigos de Mendoza. Los hice pasar y me contaron que venían para asentarse en el pueblo. Lograron conseguir mi dirección a través de unos conocidos. Al transcurrir unas horas de conversación, me pidieron quedarse en nuestro piso por un tiempo. Siempre he sido muy respetuosa con José, por eso les contesté que no podía decidir sin estar mi esposo. Los acompañé a una pensión situada cerca de la casa. Por sus rostros noté que les cayó mal mi actitud.
Al otro día fui de compras y me crucé con ellos. Se quejaron de que no habían podido dormir por las cucarachas que invadían el lugar. Que habían recorrido el pueblo y no encontraban dónde hospedarse. Estábamos en plena temporada de playa y el pueblo estaba abarrotado de gente. Por la noche, cuando José regresó, le conté lo que pasaba. Me escuchó con atención y, luego de pensar, me dijo:
—Bueno, vamos a buscarlos y cenaremos juntos; quisiera conocerlos.
Fue una reunión amena. Ambos hombres eran muy sociables. Al terminar la cena, se pusieron de acuerdo de que al otro día vendrían a nuestro piso, mientras, buscarían con tranquilidad dónde vivir. Nos llevábamos muy bien desde antes, por eso su compañía era de mi agrado.
Desde el primer momento tuvimos muy buena relación con la pareja; empezamos a salir juntos, a divertirnos. Para resumir, lo pasábamos de maravilla, como si lo hubiésemos hecho siempre. Sin darnos cuentas llegaron las fiestas de fin de año. Además, tuvimos especial alegría de tener a Andrés con nosotros, pues llegó de Argentina el 15 de diciembre, un día antes de su cumpleaños. Los cinco, contando a nuestros huéspedes, preparamos todo para el festejo. El día de Navidad terminábamos de cenar, cuando Graciela se levantó para dirigirse hacia la cocina. La acompañó Rogelio, y yo les seguí. Entonces, se nos ocurrió hacer el trenecito, y cuando nos levantamos nos tomamos de la cintura. José se quedó sentado en su lugar de la mesa. Regresamos con las bebidas; José no estaba. Fui a buscarlo y lo encontré frente al ordenador. Le pregunté qué hacía, a lo que me contestó:
—Regresa a la mesa con tus amigos, termino esto y voy.
Servimos las copas de nuevo y brindamos. Al ver que mi esposo tardaba, fui a buscarlo, pero ya venía. Al entrar al comedor, pidió disculpas y dijo que no se sentía bien y que se retiraba, pidiendo que siguiéramos la reunión. Me levanté para ir con él, pero él me tomó de un brazo, diciéndome:
—Tú eres la dueña de la casa y amiga de ellos. Quedará muy mal si te retiras también.
No me gustó que se fuera a dormir de esa manera, dejándome sola con Rogelio y Graciela. Andrés tampoco estaba, había salido para saludar a unas amigas. Me quedé con la pareja un ratito, pero ya no tenía ánimos para seguir. Por eso fui al dormitorio y me acosté al lado de José. Él no me abrazó como siempre, y cuando lo hice yo tampoco me respondió; se hizo el dormido, aunque enseguida me di cuenta de que no era así. Me extrañó su actitud, pero como no me sentía culpable de nada, me di la vuelta y me dormí. Al otro día, temprano, José me despertó. Estaba raro. Se comportaba de forma indiferente: sin caricias, sin besos, sin una palabra de ternura. Solo me invitó a desayunar en una cafetería fuera de casa.
En el trayecto lo sentí nervioso, no habló ni una sola palabra; ni yo tampoco. Fuimos al lugar de siempre, frente al mar. Al terminar nuestro silencioso desayuno, José encendió un cigarrillo. No le dije nada e hice lo mismo. Entonces, empezó a hablar:
—¿Qué deseas hacer ahora?
—¿En qué sentido? —le pregunté, extrañada—. No entiendo tu pregunta.
Su rostro cambio de color, sus manos temblaban, su voz era temerosa.
—He eliminado todas nuestras fotos y nuestro correo, todo. Hasta aquí llego y no doy ni un paso más.
—¿Es una broma?
—No, no es ninguna broma. Después de lo que vi, me basta y me sobra…
—¿Qué estás diciendo? ¡No entiendo nada, aclárame, por favor!
—¡Lo que vi, te vi cómo abrazabas a Rogelio! ¡No soy tonto!
Estoy segura de que me he enojado muy pocas veces en mi vida, pero en aquel momento sentí que me costaba respirar; quería hablar y no podía. Aquella reacción que tuve era muy fuerte. Luego de inspirar y expirar, logré tranquilizarme un poco y volver en mí. Le miré a los ojos, y con voz muy segura le dije:
—En parte, tengo que darte la razón. El hecho de que haya venido a conocerte de un país a otro te hace pensar que soy una mujer fácil, pero te aseguro que no es así. Estás muy, pero muy equivocado. A esto le damos enseguida una solución; piensa lo que quieras, yo estoy tranquila. Y sí, te digo algo, tendrás que indemnizarme, porque por ti me prejubilé. Tendrás que pagarme por perjuicios y daños: daños morales, físicos y materiales. Vamos a tu casa. Hablaré con David para que lo arregle todo, y con Andrés. En cuanto podamos, regresamos a Argentina. Eso sí, te olvidas de mí. Ni se te ocurra buscarme; para ti he muerto en este instante.
Vi su cara en aquel momento: ni pálida ni roja. Sé que nunca se había imaginado que yo pudiera reaccionar de esa manera, y menos mal que no me dio la «aguirrada-tarifeñada», el mal genio heredado de mi familia… Recuerdo que me levanté y empecé a caminar hacia el centro del pueblo. José pagó el desayuno, subió al coche y me siguió, mas lo ignoré totalmente. Iba detrás de mí muy despacio, se me acercaba a cada rato y me decía que subiese al coche, que teníamos que hablar. Yo le contestaba que ya todo estaba dicho. Sin decir nada más, aceleró y se perdió de mi vista.
Al llegar a casa, lo vi en la puerta, acurrucado, avergonzado y confundido… Sentí pena por él, pero no me arrepentía de lo que le había dicho; eran verdades. Al contrario, todavía me habían quedado cosas sin decir y, por supuesto, se las diría en otro momento.
Detrás de él salió Andrés. No sé de qué hablaron bajito, pero José se retiró y me dejó a solas con mi hijo, que rodeó mis hombros con sus brazos y me besó la frente.
—José te ama tanto, viejita —murmuró—, que ve fantasmas donde no existen. Y tú también lo amas, por eso debes comprender su estado. Desde que estás con él, nunca ha visto ningún otro hombre a tu lado, y al ver uno se imaginó lo que no era. Por favor, compréndelo. Daos otra oportunidad, conversad de nuevo. Me ha contado lo ocurrido y se siente fatal.
Esa noche hablamos mucho y hasta muy tarde, me pidió perdón y prometió que nunca más me haría una escena igual. Yo conservaba mis dudas y temía volver a pasar por lo mismo. Los dos reconocimos que él tuvo un momento malo y se comportó como un tonto y que nunca volvería a suceder. Al otro día fuimos de viaje sin un rumbo preciso, José y yo solos. Y Andrés se encargó de que estos amigos buscaran adónde ir. Sobra decir que me hijo lo logró.
