Mi hijo David y su esposa Cecilia llegaron quince días antes del 9 de junio del 2002, el día de nuestro casamiento. Estando a mi lado, ellos me ayudaron mucho con los preparativos. También vinieron Manolo y Carmen. Ella y David fueron nuestros padrinos. Además, asistió la familia de Paco, el hermano fallecido de José. Los conocí cuando nos afincamos en Guardamar. José me llevó a Palma de Mallorca, en donde vivían. Aquel día tan importante para nosotros estuvimos rodeados de nuestros seres queridos.
En aquel entonces yo era voluntaria de la Cruz Roja. Mis amigas Mari y Pili también me ayudaron mucho. Sobre todo, Mari para elegir el vestido y los accesorios. Me encontraba un poco desanimada por no poder casarnos por la Iglesia y se lo comenté. Ella conocía a mucha gente y, como era lógico, al sacerdote del pueblo. Supe que fue a verlo y le habló de mí. Nos contó que el padre la había escuchado con atención y, al terminar ella el cuento, le dijo que lo único que podía hacer era bendecir nuestros anillos después de la ceremonia civil. Ya con esto me sentí muy contenta y agradecida.
José y mis hijos se ocuparon de las compras. Otras amigas, Rosa y Sandra, nos ofrecieron su ayuda para preparar la cena de la boda en el local de la Cafetería El Quijote que ellas atendían. Era un salón muy amplio y agradable. También ellas me regalaron una cafetera. Santi, un compañero mío de la Cruz Roja, colaboró con José en la preparación de la comida. Mi querida Mari nos prestó su coche. Mis hijos lo dejaron muy vistoso con el arreglo floral que ellos hicieron con sus propias manos. Lo conduciría Andrés. Nos organizaron la despedida de solteros en la sede de la Cruz Roja. La fiesta, a la que acudieron todos los voluntarios, quedó muy alegre y duró hasta muy tarde. Allí bailamos y cantamos mucho. Sinceramente, tuvimos momentos muy emocionantes e inolvidables. Allí me di cuenta del cariño que nos daba la gente; nos sentíamos como en casa.
No puedo negar que extrañé a mi querida Pili, mi primer contacto al llegar al pueblo. La conocí en la playa, cuando La Cruz Roja impartía prácticas de gimnasia a orillas del mar. Desde aquel día hasta hoy hemos sido grandes amigas. Por ella conocí a Mari Crespo, que era la Coordinadora de la Institución. Pili fue quién me abrió las puertas de la misma, y así fue como me encontré en sus filas como voluntaria. Casualmente, la hija de Pili contraía matrimonio en Madrid una semana después de nuestra boda, por eso mi amiga no pudo estar conmigo.
El día de la boda, Mari me secuestró y me llevó a su casa; allí arregló mis manos, me hizo dormir la siesta y me preparó un relajante baño con sales. Se comportó como si hubiese sido mi hermana. Lo divertido empezó cuando los chicos vinieron a buscarme. Nos asomamos por la ventana y vi a David muy elegante. Al vernos dijo en voz alta:
—¡Signorinas! Soy el padrino de la boda y vengo a buscare a la novia de mío jefe, mia mamma, que se casa con el José; debo llevarla rápido, antes de que se arrepientan. ¡Presto, per favore, presto!
Con risas y bromas, subió al piso y bajamos los dos del brazo. Al subir al coche, Andrés, que estaba al volante, se dio la vuelta y comentó:
—¡Estás preciosa, mamita!
Ahora, al recordar todos aquellos momentos tan emocionantes, me da la impresión de que solo había sido un sueño; tan rápido pasó todo. Mirando las fotos de aquellos instantes, vuelvo a vivirlos. Y entonces entiendo que sí, que mi boda fue una hermosa realidad.
Cuando llegamos a las puertas del ayuntamiento, vi muchísima gente, amigos de José y también amigos míos de la Cruz Roja. Al llegar al lado de José, lo vi tan buen mozo, como nunca. Me di cuenta de que se sentía nervioso, parecía un niño asustado ante tanta gente. Al recibir su beso, sentí que sus manos temblaban entre las mías. Acerqué mi rostro al suyo y le dije bajito:
—Tranquilo, mi amor.
A lo que él me contestó:
—Ahora sí, ya estás a mi lado.
Se nos acercó una señorita y nos dijo que ya podíamos entrar, que el señor alcalde nos esperaba para comenzar la ceremonia. Mari, siempre a mi lado, nos explicó cómo debíamos entrar: primero José del brazo de Carmen, su hermana; después, yo con David. Esperando a que avanzaran ellos, nos quedamos unos pasos atrás. En esos minutos que esperábamos para entrar, me llamaron la atención unas bolsas situadas en hileras a ambos lados de la puerta del ayuntamiento.
Al entrar, pude ver que el escritorio del alcalde estaba adornado con flores blancas, todo hecho con muy buen gusto. David me entregó a José, quien se veía sonriente. La ceremonia fue sencilla, pero muy emotiva y alegre por algunas ocurrencias de José. El señor alcalde nos obsequió con una estatuilla de la Dama de Guardamar, y al que era ya mi esposo le entregó un broche del ayuntamiento. Al finalizar la parte oficial, recibimos un caluroso y fuerte aplauso de parte de los concurrentes. Primero salieron los invitados, y después nosotros, acompañados por el alcalde. Fue otro de los momentos grandes de la boda. Mis compañeros, formados en dos filas, una a cada lado, nos arrojaron pétalos de rosas de todos los colores; fueron tantos, que algunos quedaron sobre mi cabello, como si fuese una corona. Y me di cuenta de que las bolsas que yo había visto antes de entrar al ayuntamiento contenían aquellos pétalos.
"...nos arrojaron pétalos de rosas de todos los colores..." (nota *)Luego de muchas fotos y felicitaciones, nos dirigimos a la iglesia que estaba frente al ayuntamiento. La bendición de los anillos fue realizada en el santuario de la patrona del pueblo, la Virgen del Rosario. El sacerdote nos pidió las alianzas y nos preguntó los nombres. Después nos dirigió unas palabras muy emocionantes, explicando cómo debía ser nuestra unión: llena de amor, respeto y abnegación.
Tengo una anécdota relacionada con esta ceremonia religiosa. La primera vez que el sacerdote se dirigió a mí y me dijo Judith, lo corregí muy bajito: «Edith, padre». Pero parece que no me oyó y me siguió llamando Judith. A pesar de ese pequeño detalle, el acto fue tan hermoso que lo único que al padre le faltó decir era: «los declaro esposo y mujer» y el «ya puede besar a la novia». Aquello fue tan curioso, que durante mucho tiempo la gente en el pueblo comentaba lo original que fue ese acto religioso. Posteriormente, durante nuestra vida en común, cuándo a veces yo veía a José serio, cuando él no estaba como siempre, le solía a decir entre risas: «¿Disculpe, es usted el quien se casó con Judit? ¡Porqué lo desconozco!». Me tomaba entre sus brazos y me susurraba: «¡No! Mi esposa, con quién me casé para toda la vida, eres tú. ¡Edith, mi muñeca!».
Después de la parte oficial llegó la fiesta, que duró hasta muy tarde. La comida estaba deliciosa y el vino muy bueno. La gente derrochaba alegría, y no solo por el vino que había tomado. Tampoco faltaron canciones y bailes. Recibimos muchos regalos de los invitados, entre ellos, un poema escrito por el esposo de Consuelo, una de mis compañeras. Fue muy agradable y muy acorde con la ocasión. La fiesta fue un éxito. Al terminarse, todos se fueron muy contentos y nosotros mucho más.
Otra de sus sorpresas: ¡nuestra luna de miel fue maravillosa! Estuvimos en Venecia, un lugar precioso e inolvidable.
Nota * En el libro impreso no hay fotos ni imágenes, pero aquí me tomo la libertad de acompañar algún material del estilo para ilustrar mis palabras.
