Al reponernos un poco después de la desgracia, lo primero que hicimos fue comprar un coche, pues nos hacía mucha falta. Mi problema de la cadera se agudizó y se me hizo difícil caminar. Por otra parte, necesitábamos una vivienda. Tuvimos suerte y encontramos donde alquilar en un barrio moderno, con paseos, comercios y otras comodidades. Así que, solo al pasar unos pocos días, pudimos entrar en el apartamento alquilado; yo con mi equipaje y David con algunos pequeños bolsos. La vivienda era bien grande, de cuatro dormitorios, pero estaba totalmente vacía; se alquilaba sin muebles. Mi hermano Miguel nos facilitó dos sillas, algunos vasos y platos y todo lo necesario para el mate. Sin embargo, para poder vivir allí necesitábamos camas. Era lo primero. Aunque, pensándolo bien, necesitábamos de todo. No teníamos nada, solo la ropa.
David se comunicó con un amigo que estaba bien entendido en el tema de los muebles. Nos llevó a un lugar, donde se vendía la mercancía de muy buena calidad y a buen precio. Hicimos una compra grande y fue enviada rápidamente a nuestra casa. Después seguimos con lo demás. Entramos al centro comercial del barrio; lo hicimos pensando que allí podíamos encontrar la mayoría de lo necesario para una casa. Y así fue. Mi hijo y yo parecíamos una pareja de enamorados; nos consultábamos sobre el color y la marca, sobre el tamaño y la forma. David empezaba una vida nueva y yo quise ayudarle a establecerse lo mejor posible. Y él, de pronto, tuvo ganas de comenzar esa vida con ilusión.
Al otro día seguimos de compras, y así logramos obtener la mayoría de las cosas. Aquella actividad frenética me ayudó a distraerme un poco de mis pensamientos negativos: los últimos momentos de la vida de José, llenos de dolor, y su muerte. Acondicionando aquella casa y haciendo compras, me sentía más animada; sobre todo, cuando pensaba en David, me sentía contenta por poder ayudarle con el apartamento y con todo lo demás.
Ya instalados en la nueva vivienda, viaje por unos días a Neuquén para ver a mis familiares; sentía necesidad de hacerlo para aliviar mi depresión. Delante de mi hijo me esforzaba en disimular, pero sufría mucho. Creo que él también hacía lo mismo. Regresé mucho mejor de ánimos, el encuentro con mis seres queridos me ayudó a reponerme un poco. En aquellos días recibí de ellos mucho cariño.
Mi cadera me seguía dando problemas, por eso mi doctor me aconsejó hacer la cirugía. Sin pensarlo dos veces lo acepté y el 8 de diciembre del 2008 fui operada. Salí muy bien y a los tres días caminé sin ningún problema. Y cada día mi mejoría se hacía más notable.
Las fiestas de fin de año fueron muy tristes. En la hora de felicitaciones, nos abrazamos, y David me dijo con una voz muy emocionada:
—Viejita, son momentos muy tristes. Después de pasar por tantas cosas en la vida, al fin encontré a un padre. Lo había soñado siempre. ¿Por qué tuvo que partir tan pronto, dejándonos más solos que antes? ¿Por qué tengo tan mala suerte, mamita?
—Mi amor —le contesté con gran esfuerzo—, siento tu dolor, y mucho. Caro, tenemos que dar gracias a Dios porque lo tuvimos. Sí, es cierto que fue por muy poco tiempo, pero lo importante es que lo tuvimos. Nosotros lo amamos y él nos amó, y el tiempo no importa. Él vivió feliz junto a nosotros y nos dejó todo su amor.
Aunque mi otro hijo, Andrés, no estuvo en Argentina en aquel tiempo, sé que su dolor no fue menos profundo; también él se llevaba muy bien con José, el galleguito, como le llamaba cariñosamente. Se querían mucho. Para él también fue su padre. Y en aquel triste momento de la despedida del año que se iba, decidí superar mi dolor y hacerme fuerte por mis hijos. Ellos me necesitaban.
Mientras David y yo vivíamos juntos, y fueron muchos meses, nuestra relación era buena, pero al cabo de un tiempo me di cuenta de que debía dejarlo. Él solo tenía que asumir su situación nueva que, por cierto, no era fácil. Yo, como madre, comprendía que necesitaba separarme de él y así prepararlo para cuando yo también partiera de este mundo. Esperé que me dieran el alta definitiva por mi cirugía. Y una noche, cuando salimos a pasear, le hablé de lo que sentía.
—Hijito —le dije suavemente—, he decidido volver a España. Sabes que mi sueño siempre ha sido vivir allí. También quisiera pasar un tiempo con Andrés. Mi corazón está partido en dos. Por eso creo que sería mejor que yo pasara seis meses allí, con tu hermano, y seis meses aquí, contigo.
Aquel era el sueño dorado que teníamos con José.
—¡Qué buena idea, viejita! Estoy totalmente de acuerdo, solo una pregunta: ¿qué haremos con esta casa que acabamos de acomodar?
—¡Vivirás aquí, es tuya! Será nuestra casa de Argentina. Y cuando vengan de visita Gemma y tu hermano, se quedarán contigo. Y las veces que yo viaje, igual. Pero será tu casa. Y el piso de Mar de Plata seguirá alquilado.
En aquel mismo instante comprendí que podía dejar a David y no preocuparme por su futuro, que ya él tenía alas. Por otra parte, yo también necesitaba reencontrarme con mi vida de antes.
En pleno verano del 2009 regresé a España.
