Con el tiempo llegué a tener una relación de confianza con algunos de mis amigos. Por ejemplo, así fue con Marcelo, a quien conocí en el comienzo de mis viajes virtuales. Lo conocí mucho mejor cuando una tarde él me llamó por teléfono. Le contesté algo sorprendida, pero después conversamos durante mucho rato. El contacto telefónico siguió y (nota *): él continuó llamándome durante muchos meses, todas las tardes a las ocho. Con este personaje me ocurrió algo inverisímil y misterioso. A veces pienso en lo sucedido y creo que fue el producto de mi fantasía. Pero pasó de verdad, aunque es difícil creerlo.
Un día llegué a casa agotada y muy acalorada, mi jornada laboral fue muy agotadora. Estaba en la ducha cuando sonó el teléfono; eran las ocho de la noche, la hora de la llamada.
Envolví mi cabeza con una toalla roja y me puse la bata de baño. Al entrar en mi habitación, me tiré sobre la cama y, levantando el auricular, exclamé:
—¡Hola! ¿Cómo estás?
—Bien, preciosa, y ahora mucho mejor, porque me gusta el atuendo que llevas; te queda muy bien ese rojo…
Incrédula y temerosa le pregunté:
—¿Qué me estás diciendo?
—Que te queda muy bien esa toalla y la bata, son de un color muy llamativo. Pues al estar recostada sobre el cubrecama, con flores rojas y rayas negras y blancas, te ves…
En un primer momento no pude hablar, solo miraba el aparato por todos lados. Después lo interrumpí y le pregunté:
—Por favor, dime la verdad. ¿Tienes teléfono con cámara?
—¡No! ¡Ja, ja, ja! -Se rio a carcajadas-. Te puedo demostrar que no.
—¡Hazlo! No puedo más con esta incertidumbre… ¡Por favor!
—Bien, te diré que las sábanas, muy finas y elegantes, que tienes puestas en tu cama son negras con bordados en dorado.
—¡Pero si están cubiertas…! ¡Me rindo! ¡No puede ser! Explícame, cómo…
Comentó que era clarividente desde muy pequeño y que existían razones para que se cruzaran nuestros caminos.
Esa noche no pude conciliar el sueño. Al día siguiente, Marcelo me contó más detalles. Sus respuestas sobre mi vida y mi familia me hicieron pensar; todo lo que me decía era verdad. Además, me confesó que sentía por mí algo especial, pero sabía que ninguna relación entre nosotros sería posible, porque en mi camino ya había un amor. Sorprendida, le dije que estaba equivocado, que yo no tenía a nadie a mi lado.
—Está a punto de entrar en tu vida —me contestó—. Lo conocerás solo al pasar un par de días. Te invitará a un viaje al extranjero para que lo conozcas y aceptarás su invitación. Serás feliz con ese hombre.
Me recomendó que disfrutara, segundo a segundo, el tiempo que estuviésemos juntos, que no lo desperdiciara. Le pregunté por qué.
—Quizás, algún día pueda decírtelo —contestó—. Solo haz lo que te digo. Hay una razón para ello.
He querido compartir esta experiencia con ustedes, porque todo lo que me decía Marcelo se cumplió.
Nuestra amistad aún perdura. Y muchas veces, en los momentos claves de mi vida, acudo a él pidiéndole consejos.
Nota * En el libro impreso dice "Esteban" (porque se llamaba Marcelo Esteban), pero como parece un error de nombres, lo edité aquí.
