Después de haber disfrutado cuarenta y cinco hermosos días de vacaciones con mis hijos en mi provincia natal, regresamos a casa. Estaba ansiosa por encender la computadora y ver los mensajes de mis amigos; me daba cuenta de que los extrañaba. Me había acostumbrado mucho a aquel intercambio de cartas que me hacía tanto bien.
Al conectarme a la red, vi que aparte de los mensajes habituales estaba registrado uno nuevo, de un español desconocido llamado José Franco, de cincuenta y ocho años, lo cual me alegró, porque tenía casi la misma edad. Con curiosidad lo leí.
Me contaba que en otros tiempos había vivido en Argentina. Siendo un adolescente, llegó al país con sus padres y sus dos hermanos. Pasó veinticinco años en Mar del Plata, la ciudad feliz. Más tarde tuvo que volver a España, pero todavía añoraba aquella época cuando vivía en la provincia de Buenos Aires. En aquella carta José me contó muchas de sus vivencias y se comprometió hacerme conocer España a través de sus escritos. Por su parte, me pedía que yo le ayudara a recordar a su querida Argentina.
Aquel mensaje me impresionó tanto que no podía dejar de pensar en él. Ningún otro contacto me había provocado esa sensación tan inexplicable; no encontraba palabras para describir lo que sentía. Al otro día llegó otro correo suyo que me dejó bastante perpleja. Tal era mi asombro que tuve que releerlo varias veces. José me detallaba tantas cosas sobre su vida, que no podía dejar de preguntarme cómo se arriesgó a hacerlo en un segundo mensaje, pues no sabía qué clase de persona era yo. Pero por lo que me decía deduje que era un hombre sincero. Y al final me hice a la idea de que era una persona correcta y que le gustaban las verdades desde el principio. Después de todo, me agradó mucho su actitud. Además, me daba cuenta de que se trataba de un hombre que se sentía solo y necesitaba encontrarse con alguien, ¿por qué no conmigo?
