Dama de RojoEDITH AGUIRRE
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PARA SEGUIR VIVIENDO · 20 DE 45

PRIMERA CENA

Lectura a tu medida

La tarde estaba ya avanzada cuando nos registramos en el hotel Plaza España. El hotel era bastante lujoso, de cuatro estrellas y por eso, sinceramente, no me sentí muy a gusto, pues siempre he sido una persona sencilla que ha vivido sin lujos. Subimos a la habitación, y le pedí tiempo a José para darme una ducha. Al salir del aseo, me recosté. Había sufrido tanta tensión nerviosa en el aeropuerto que me quedé dormida al instante. Al cabo de un rato, él me despertó, diciéndome que ya era hora de salir, y así lo hicimos. Ya en la calle, le dije a José que no podía creer que aquello fuera una realidad, que ya estaba paseando por las calles de Madrid. Él me miró y dijo con ternura:

—Es verdad, mi muñeca, ya estás a mi lado.

Así llegó la hora de la cena. En un restaurante muy elegante, nos dieron una mesa en la terraza. El camarero nos sirvió la bebida, y José levantó su copa:

—Brindo por nosotros. Ya estamos juntos y todo bien.

Al escuchar sus palabras, mi copa casi se me cae de la mano, porque en aquel mismo instante recordé al policía del aeropuerto que me había prometido ir a recogerme por si decidiera no quedarme en el país. Me puse un poco nerviosa y se lo conté a José.

Él no entendió nada, aún menos el hecho de mi detención por las autoridades. De todas formas, logró tranquilizarme, y así pude explicárselo todo. Le conté lo que me había dicho el jefe de la Policía, y también lo que le había prometido a aquel hombre: con un movimiento de la mano derecha hacerle saber si las cosas no iban bien. José me tomó la mano y, riendo, preguntó:

—¿Crees que al ver cómo nos abrazábamos y nos besábamos no se había dado cuenta de la verdad? Debió haber escuchado con qué sentimiento pronunciaba tu nombré: ¡Edith, mi muñeca!

—Sí, se quedó mirándonos. Creo que pensaba en lo hermoso que había sido nuestro encuentro. Parecíamos dos jovencitos.

José se rio con ironía:

—Recuerda, ¡no olvides levantar tu mano derecha! Aunque espero que tú nunca querrás dejarme para volver a tu país.

Fue una cena inolvidable. Durante la velada, José estaba pendiente de mis deseos; su comportamiento era tan perfecto que aquello nuevamente me llevó a dudar si lo que estaba viviendo fuese real. Mientras estábamos cenando, discutíamos temas importantes relacionados con mi estancia en España. Sumergidos en la conversación, no nos habíamos dado cuenta de que algo raro estaba ocurriendo a nuestro alrededor. Un chico joven se acercó a José por detrás y empezó a decirnos algo incomprensible, no entendíamos nada de lo que decía. No sé por qué, pero algo me hizo mirar hacia mi costado, y en aquel preciso momento vi una mano que se apoderaba de mi bolso. No podría explicar cómo lo hice, pero le arrebaté la cartera al joven, tirando de ella con todas mis fuerzas. Con mucha suerte para nosotros, el ladrón se trastabilló y salió corriendo, perdiéndose entre la gente. El otro, que nos había intentado a distraer, lo siguió. Entonces, me di cuenta de que fui una tonta: dejé mi bolso sin vigilarlo. El dueño del restaurante se acercó a nuestra mesa para averiguar si nos encontrábamos bien y, a la vez, me aconsejó que nunca dejara nada fuera de mi vista. La verdad, mi primera lección madrileña resultó ser muy provechosa. En el momento de pagar la cuenta, el camarero nos dijo que no debíamos nada; que era el obsequio de la casa por el mal momento que habíamos pasado. De todas formas, José le dejó una buena propina. Desde aquel día, cuando ese restaurante nos quedaba de paso comíamos allí.

Madrid es una ciudad muy bella. Me hizo recordar a mi Buenos Aires por sus numerosos transeúntes, por sus anchas avenidas y sus calles, llenas de comercio. José me explicó que la capital era la ciudad más poblada del país. La verdad es que el paseo fue muy hermoso.

Después José me tomó por los hombros y me preguntó si me sentía cansada.

«Sí», le respondí. Había sido un viaje muy largo que duró veintisiete horas entre vuelos y escalas. Me propuso que fuésemos a descansar, lo que acepté de buena gana. Pero ¿qué me pasaba?, otra vez me empezaron a temblar las piernas. Aunque, para ser sincera, entendía bien el motivo de mi inquietud: dormiríamos juntos. ¿Cómo sería el momento de la intimidad? No me lo imaginaba, pero, al menos, él se veía muy delicado en el trato y muy caballero. ¿Por qué pensaba en estas cosas? Es que no podía dejar de hacerlo. Totalmente abatida, me recordé a mí misma un dicho popular de mi país: «Te gustó el durazno, aguántate la pelusa».

Cuando regresamos al hotel, le pedí que me dejara ponerme cómoda.

Asintió mientras me decía:

—Hecho. Mientras tanto, prepararé un trago.

Hacía calor y me puse un vestido fresco; por aquel entonces los usaba mucho, igual que las faldas. Al verme, José se acercó y sus labios encontraron los míos. En la terraza estaba preparada una mesa muy coqueta con flores, rosas rojas, y con sidra bien helada; sabía que el champán no me gustaba.

Nos sentamos y él me abrazó. Besaba mi cabello, mi rostro y mis manos; sus besos eran fogosos cual brisa cálida. Se apartó de mí por un momento y mirándome a los ojos murmuró:

—Muñeca, te pido que estés tranquila. Sí, te deseo muchísimo. Pero quiero que eso suceda de forma natural, sin exigírtelo y sin forzarlo. Lo haremos cuando tú misma estés preparada. Y ante mis ojos ya serás mi esposa.

Esos recuerdos tan bonitos me ayudaron a seguir viviendo tras su partida definitiva y a estar sin él. Vivimos juntos tan solo diez años; fueron pocos, pero muy intensos. Le doy gracias a Dios por nuestro encuentro. A pesar de muchos obstáculos, nos encontramos, nos amamos profundamente. Y ese amor aún me hace sentir su presencia.