El día posterior al viaje a Toledo, visitamos a uno de los clientes de José en Madrid. No me molestó que organizara aquel encuentro de trabajo, porque esto me hizo ver que José era un hombre muy responsable, no me disgustó en absoluto que dedicara un par de horas a su negocio. Por la noche, al regresar de nuestro paseo, hablamos de su activad empresarial; cumplió con lo que me prometió. Tenía cincuenta y tantos contactos en distintas ciudades y pueblos de España y de Portugal. Por ética tenía la costumbre de tener solamente un comprador en cada pueblo. En las ciudades grandes no era así; allí solía haber dos, pero bastante alejados uno del otro. Trabajaba directamente con los dueños de los negocios para que no existieran rivalidades en las primicias. Visitaba periódicamente a sus clientes; les llevaba las últimas novedades de los comerciantes que él representaba. Dichos comerciantes radicaban en Madrid, Italia, Francia y China. En sus viajes por los pueblos, José hacía pedidos; después, realizaba las compras por Internet. Las mercancías llegaban a su destino, enviadas directamente por los fabricantes. Muchos clientes le depositaban el importe de la compra; a otros les iba a cobrar él personalmente.
Escuché con mucha atención todo lo que él me contaba. Y, sinceramente, me encantó su trabajo; por eso quise que me aclarara algunas dudas relacionadas con el tema. Por ejemplo, le pregunté por qué tenía solo a esos clientes si en España había más de diez mil pueblos.
A lo que él me respondió:
—Me gusta atender bien a mis compradores. Trabajo solo, y la verdad es que con esa cantidad de clientes vivo muy bien; además, disfruto mucho de mi actividad.
—Pero, por lo que veo —le comenté, entusiasmada—, tienes una gallina de los huevos de oro. Podrías tener el margen de las ganancias mucho más alto. Tienes todo lo necesario para explotarlo; por ejemplo, la relación con grandes proveedores. Tienes movilidad moderna, muy bonita, equipada de primera, por lo que veo, eres un buen vendedor.
—Para llegar a tener más clientes —explicó—, necesitaría a alguien que fuese responsable y buen trabajador. Sobre todo, de mucha confianza; en este negocio se mueve un gran capital. Por ningún motivo se puede, ni se debe, dejar de cumplir con los pedidos. Hace un mes atendí una boda; fueron cuatrocientos trajes de época para caballeros y sus damas. Lo realicé personalmente hasta el momento de entregarlo.
Sonriendo y colgándome de su brazo le dije:
—Si quisieras, podría ser tu secretaria.
Solo me contestó:
—Ya hablaremos de eso. Y sí, mira que acepto tu propuesta. Ya verás los muestrarios con que trabajo; son muy buenos, seguro que te gustarán.
Esa noche preparó unas bebidas frescas y algo para la cena. Le gustaba hacerlo. Después quiso que yo le enseñara a bailar tango. Le costaba aprender. Le prometí enseñarle, aunque le aclaré que necesitaría mucha práctica. Cuando decidimos descansar, ya era tarde. Y entonces sucedió. Así mismo, como él me dijo el día de nuestro encuentro. Ocurrió cuando yo quise ser suya; los dos lo estábamos deseando… Sus besos eran ardientes y me arrastraron. Y más cuando me dijo:
—¡Qué apasionada eres! Me siento muy bien junto a ti. Te soy sincero, ya no puedo esperar. Y si tú estás de acuerdo, quisiera estar contigo.
Me acariciaba con ternura. Me embriagaban sus palabras de amor; me decía que le gustaba mi olor, la fragancia de mi perfume, el sabor de mis labios y el vaho caliente de mi aliento en su rostro. Me decía y volvía a decir:
—Mi amor, quisiera quedarme así para siempre.
El nuevo día nos sorprendió abrazados. Aquel día me sentí muy dichosa y segura a su lado; y desde entonces fuimos una pareja feliz. En aquellas vacaciones viajamos mucho por el país: en avión, en AVE (que era mi favorito) y en barco. Conocí Granada con su maravillosa Alhambra, y muchas otras ciudades españolas: Mérida, Sevilla, Cádiz, Málaga, Palma de Mallorca, Marbella… Fue el tiempo de descubrimiento mutuo y de nuevas experiencias; lo vivimos en plena armonía.
Pero el día de mi partida se acercaba.
