La alegría que tuvo José cuando le di la noticia de mi jubilación fue algo que nunca podré olvidar. Al principio creyó que era una broma. Le costaba creer que el trámite hubiese sido tan rápido. Me comprometí que cuando estuviésemos juntos le contaría todo con más detalles. Aunque me costó hacerle entender que no podía viajar con tanta rapidez como él deseaba. En mi trabajo yo tenía muchos días a mi favor que no podía cobrar, solo disfrutar, y no me convenía perderlos. Por eso debía aplazar la jubilación por unos meses para tomar aquellos días libres.
A veces la alegría dura poco, pues cuando mejor me sentía tuve un disgusto muy grande. Me llegó la reclamación de pago de una deuda vieja de un monto muy elevado, originado por los intereses acumulados, de cuya existencia prefería no pensar. Para ser honesta, la dejé a un costado.
Aquello me provocó mucha angustia, porque no tenía valor para aparecer frente a José arrastrando un problema tan grave. Él era tan correcto y ordenado en todas sus cosas. Tuve temor que él llegara a dudar de mi honradez, dudar de que realmente yo no fuera aquella clase de persona que él conocía. Sería terrible que pensara que solo quería aprovecharme de su dinero.
Estas reflexiones me atormentaban y me llenaban de vergüenza. Me sentí fatal durante varios días; creía que me iba a enfermar. No quería contar a mis hijos lo del problema surgido, mas no podía seguir enfrentando aquella situación en soledad. Entonces decidí hablar con David. Intentamos buscar salida del atolladero, pero todas las puertas se nos cerraron una tras otra.
Por eso decidí escribirle a José o llamarle por teléfono para revelarle lo ocurrido y decirle que se olvidara de mí y que no volvería a España.
Pensaba mucho en cómo hacerlo, pero no encontraba las palabras. Y los días pasaban.
Un día, José me pidió que viniera porque él me necesitaba con urgencia. Los chicos me aconsejaron que hiciera el viaje; quién sabe, a lo mejor a José le ocurría algo. Por otra parte, pensé que su invitación vino en el momento justo, pues podría conversar con él cara a cara y así comunicarle mi decisión de poner fin a nuestra relación. Le dije que aceptaba la invitación y a los pocos días recibí los billetes. En mi centro de trabajo no comenté nada sobre esa nueva visita a España, solo tomé los días libres.
José me recibió con mucha alegría, lo cual me hizo aún más difícil explicarle mi embarazosa situación. Entonces, preferí esperar el momento oportuno. Yo siempre he sido una persona franca, nunca me ha gustado ocultar cosas. Debido a ese rasgo de mi carácter, me resultaba difícil tratarlo sin contarle lo que me pasaba. No encontraba palabras adecuadas, estaba muy avergonzada. Tanto, que me dio la impresión de que José había empezado a sospechar algo. Me preguntó varias veces qué me ocurría, por qué no me comportaba como la mujer que un día se había ido, cargada de ilusiones, para arreglar sus asuntos y volver al lado de él, y nunca más dejarlo solo. Sin embargo, yo seguía sin decirle nada. Me sentía tan mal que no podía dormir por las noches.
Por aquellos días tuvimos que viajar a Cádiz para hacer una venta importante. Al terminar el compromiso, fuimos a comer. Me pareció que José estaba alterado, por eso le pregunté si tenía problemas con el negocio. Me miró a los ojos de una manera peculiar, como no había hecho en ningún otro momento, y no me contestó. Después me tomó de la mano y salimos del restaurante.
Caminamos un trecho. Se paró de golpe y con voz muy firme me preguntó:
—¿Ha regresado el padre de los chicos?
—¡No! —le contesté, asombrada—. ¡Claro que no! ¿Por qué piensas eso?
A lo que él respondió con otra pregunta:
—Entonces, ¿hay otro hombre en tu vida?
De pronto mi entereza se desplomó, mis nervios afloraron y las lágrimas corrieron por mis mejillas. José me abrazó muy fuerte y me pidió, mejor dicho, me ordenó que le contara lo que me ocurría. No podía estar a mi lado viendo mi comportamiento. Le pedí que siguiera abrazándome, pero que no me mirara. Su calor y la fuerza de su abrazo me ayudaron a ponerme más fuerte y así brotaron mi verdad, mi vergüenza y mi temor. Al fin pude confesárselo todo. Percibí que sus brazos se iban aflojando. Ante esta realidad, todo mi ser se quebró como un cristal, como si mi vida se apagara.
José me apartó, pero fue para besar mis lágrimas, que se confundían con las suyas, y me dijo:
—¿Acaso no sabes que te considero mi esposa? De hecho, ya lo eres. Por eso todas tus deudas, o gastos, o caprichos, o lo que fuese, no son tuyos, sino míos. Yo pagaré tu deuda.
Levantándome en sus brazos, empezó a dar vueltas; tantas, que poco faltó para caernos al Mediterráneo. La gente pasaba y nos miraba; claro, parecíamos dos adolescentes. Después José me comentó que yo le hice mucho daño con mi silencio. Y me hizo prometerle que nunca más procedería así.
Regresamos al restaurante, donde ya nos estaban esperando con el pedido. Al terminar la comida, volveríamos al Camper, y allí él me daría su solución. Así lo hicimos. Una vez dentro del vehículo, él me hizo sentar frente a la mesa; después tomó un folio en blanco y un bolígrafo.
—Escribe en esta hoja —me dijo con firmeza—. Y, por favor, ponlo todo, aunque creas que no sea importante. Que no quede nada pendiente de pago. Mientras tanto, voy a descansar un rato. Avisa cuando termines.
Lo desperté al cabo de un rato. Me pidió que llamara a mis hijos. Contestó David. Le saludé y le pasé el móvil a José. Mantuvieron una conversación de cortesía bastante breve, y a continuación José le preguntó a David si sabía lo de mis aprietos. Mi hijo le contestó afirmativamente y le comentó de lo mal y avergonzada que me encontraba.
—Sí, ya tu madre me ha contado los pormenores —le replicó José—, y por eso he querido hablar contigo. Te enviaré un correo electrónico con todos los detalles de su deuda.
Después añadió que necesitaba saber el monto final lo antes posible y que pedía a David que fuera el responsable del trámite. Acordaron que José le haría una transferencia bancaria y que David realizaría los pagos. También le sugirió que aprovechara la gestión para cubrir sus propias deudas y las de su hermano, si tales existieran. Al escuchar su conferencia telefónica, le daba gracias a Dios por tener a nuestro lado a un hombre tan generoso y de buen corazón.
Resueltos los problemas económicos, seguimos disfrutando de estar juntos. Fue un mes maravilloso. Aproveché la ocasión para explicar una vez más a José por qué necesitaba seguir con mi empleo algunos meses más, aplazando la jubilación. Aunque tuve que hacerle una promesa: cada vez que él me llamara y me pidiera venir, viajaría a España. Dijo que me echaba mucho de menos y que no podía estar tanto tiempo sin mí.
En un año tuve que viajar cinco veces. En una ocasión pude estar tan solo siete días. Ese fue el momento en que me di cuenta de que debía estar a su lado, porque yo también lo deseaba mucho, cada día más.
