Dama de RojoEDITH AGUIRRE
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PARA SEGUIR VIVIENDO · 29 DE 45

PEDIDA DE MANO

Lectura a tu medida

Pasó casi un año. Un día, durante la conversación telefónica con David, nos enteramos de su compromiso. Mi hijo nos invitó a la fiesta que planeaba organizar por ese motivo y aseguró que para él el mejor regalo sería conocer a José. El evento tendría lugar el 14 de septiembre. Nos quedaban tan solo cincuenta días para preparar el viaje. Al finalizar la conversación, José me comentó que se sentía muy feliz por la invitación. Le resultó muy grato saber que mis hijos deseaban verlo. Tal era su entusiasmo, que al día siguiente fuimos a comprar los billetes.

Aquellos días pasaron volando, y una tarde nos vimos sentados en el avión. Después de una larga travesía aterrizamos en el aeropuerto de Mendoza. En la salida descubrí que mis hijos nos organizaron un recibimiento muy especial. Llevaban varias pancartas, todas muy simpáticas y divertidas. Una de ellas era muy sugerente: tenía una foto nuestra, donde José me estaba colocando el anillo de compromiso; de su lado la bandera argentina, y de mi lado la española. Fue algo inesperado para mí y me dio mucha alegría. Al aeropuerto acudieron algunos miembros de mi familia y varios amigos, que nos acogieron con mucho cariño. Me sentí contenta, agradecida y orgullosa de mis hijos por la acogida tan afectuosa que nos habían preparado. No podía esperar menos de ellos. Después, ya en casa, nos contaron que varias personas de los presentes en la sala se les habían acercado y preguntado a quién esperaban. Y alguien, también del público, comentó que se trataba de una pareja de viejitos enamorados.

Desde el momento en que llegamos, todos mis familiares y amigos nos empezaron a invitar a reuniones, cumpleaños y asados, tan típicos en mi país. Lo estábamos pasando muy bien. Especialmente yo, porque todos me felicitaban y decían que había tenido suerte con José. Cuando faltaban unos diez días para la noche de compromiso, sorprendí a José y mis hijos juntos, hablando de algo y tomando nota. «¿Qué ocurre?», les pregunté. Me respondieron que José quería hacerse cargo de los gastos de la fiesta, como el obsequio a la pareja. Me encantaba verlos juntos cuando preparaban la actividad y salían para hacer las compras. Y al fin llegó el momento ansiado por todos. Nadie faltó a la fiesta.

El hermano de la novia, que era sacerdote, antes de empezar la cena del compromiso bendijo a la pareja y a todos los presentes. También nos dio la bienvenida a nosotros. Su discurso fue muy bonito y emocionante. Cundo él terminó de hablar, José se levantó y pidió la palabra.

—Viendo que Dios está con nosotros en esta reunión tan especial —dijo—, deseo expresar mi agradecimiento por el gran cariño que he recibido de tantas personas. Siempre recordaré estos momentos.

Después se dirigió a mis hijos y les dijo que quería aprovechar la ocasión para pedirles mi mano oficialmente. Sí, era cierto que ya iban hacer dos años que estábamos juntos sin oficializar nuestra relación; que aquello no le agradaba, pero les prometió que, en cuanto fuese posible conseguir mi divorcio, me llevaría al altar. Y también los invitó a nuestra boda.

Todos le aplaudieron. Hubo un momento muy cómico, cuando los chicos se le acercaron y, tomando mi mano, me entregaron a él, pero con la condición de que no aceptarían ningún cambio ni devolución. Todo terminó con bromas y mucha alegría. Aquella agradable velada duró hasta las altas horas de la noche.

Como todo en ese mundo tiene un principio, también tiene un final. Los días que vivimos junto a mis hijos y todos mis seres queridos fueron inolvidables; pero teníamos que regresar. Habíamos logrado convertirnos en una verdadera familia, y dentro de ella había nacido un cariño mutuo.

La última noche en casa de los chicos fue muy bonita, tuvimos una conversación que me llegó al alma. José sabía hablar y lo hacía muy bien. Recuerdo que les dijo que se iba muy feliz, porque a su lado tenía a la mujer que siempre había soñado tener. Les agradeció por haberme permitido viajar a España a conocerlo. Les dijo también que se sentía muy satisfecho porque yo tenía dos hijos hombres, formados como personas de bien. Les preguntó si podía considerarlos sus hijos; y, si lo aceptaban, les daría el apoyo de un padre en cualquier situación. Yo quise hablar, mas no pude decir nada por la emoción. David y Andrés se le acercaron y lo abrazaron. De sus labios escuché que le decían papis, y desde ese momento lo siguieron llamando así.

¿Qué más puedo decir? Durante aquel viaje vivimos días inolvidables, cuyo resultado fue una familia consolidada.