Charly era nuestra mascota, llegó a casa cuando tenía veinticinco días. Lo terminamos de criar con un biberón. Cuando empezó a tomar su leche del plato, los chicos le sujetaban las orejas con unas pinzas de ropa, porque sus orejas eran tan largas que se mojaban con la leche. Era un pointer mestizo; su madre fue de raza pedigrí y su padre un vagabundo callejero que se enamoró de la distinguida dama. El cachorro se hizo querer desde el primer momento, pues era muy especial. Podría escribir mucho sobre su vida perruna, ya que a veces parecía un niño. No solamente yo lo creía perro único, sino también lo hacían los vecinos. Comentaban que no había otro igual que él en todo el barrio.
La casa en que vivíamos entonces era de dos plantas y tenía una hermosa terraza, algo peligrosa, porque no tenía barandas. Mas para Charly era su lugar preferido. Un día se levantó El Zonda, un viento típico de Mendoza, que es muy fuerte y caluroso. Aquel día, cuando yo regresé del trabajo, encontré a nuestro perro esperándome abajo y ladrando. Siempre lo hacía, era su forma de saludar. Yo entré y empecé a subir por la escalera interna, mientras Charly prefirió hacerlo por la exterior. Al abrir la puerta del dormitorio se formó una corriente de aire muy fuerte, y las persianas se abrieron de par en par. Al acercarme para cerrarlas, vi algo con alas que pasó volando. No eran alas, eran las orejas de Charly; una fuerte ráfaga de viento lo barrió de la terraza, como si fuera una hoja seca. Bajé corriendo y, al llegar a la calle, lo encontré en el suelo, aplastado; parecía una estampilla. No quise tocarlo; tenía un vecino que era veterinario, por eso corrí y llamé a su puerta. Tuve suerte, pues me abrió él mismo. No sé cómo pudo entenderme, porque yo no lograba articular ni una sola frase comprensible. Al ver al mimoso, el hombre sugirió que no lo moviéramos.
Mientras lo revisaba, me pidió que trajera un poco agua. Hizo que el cachorro la bebiera y me dijo:
—Vamos a esperar unos minutos. Si no vomita, no es grave; si lo hace, es que está reventado y habrá que sacrificarlo.
Me puse mal al escuchar aquello y esperé con angustia la reacción de Charly. Estuvimos callados hasta que sonó la voz del veterinario:
—Tranquila, doña, no es grave. Necesita reposo y mucho líquido. No debe salir a la calle ni caminar durante una semana.
Con una tabla de madera lo llevamos al interior de la vivienda y lo ubicamos debajo de la escalera. Los días pasaban y el perrito no se movía; lo acariciábamos y le dábamos de comer. Él nos miraba con sus ojos tristes y seguía tirado en su sitio. Una tarde, cuando llegamos a casa con David, encontramos en el suelo a Andrés, que se escondía de alguien. Nos pidió silencio. Enseguida se escuchó el rasguño de las uñas de Charly bajando por la escalera. Los chicos saltaron delante de él y, al verlos, levantó su patita.
Andrés lo abrazó y se tiró al suelo junto a él para jugar. Ese fue el último día de reposo de Charly.
Una tarde, vino a casa una amiga de los chicos. Estábamos en la cocina hablando, cuando esa niña gritó:
—¡Edith, mira eso! ¡Qué asco! Tu perro está orinando en mi bota. ¡Por favor, quítamelo!
Quedamos sorprendidos ante tal actitud por parte de él, ya que normalmente era cariñoso con las visitas. No podíamos encontrar la razón de ese cambio. Aquella fue su primera función y le siguieron otras.
En mi trabajo yo tenía muchos amigos y todos me iban a visitar a casa. Uno de ellos acostumbraba a colgar su abrigo sobre el respaldo de la silla. ¿Y qué les digo? ¡Su ropa fue orinada en tres ocasiones! Sobra decir que el hombre no volvió a visitarme después de eso. Pero hubo algo singular en el comportamiento de nuestro cachorrito, pero de eso nos dimos cuenta con el tiempo. Más tarde o más temprano, siempre se descubría que aquellas personas, que habían sido marcadas por la orina de Charly, no eran personas buenas ni de fiar. Entonces decidimos que, como un buen perro guardián, él intuía la maldad entre la gente.
Además de apartar de nuestro hogar personas desagradables, el perro creía ser mi protector. En una oportunidad tuve una congestión pulmonar fuerte y tuve que recibir inyecciones de antibióticos. El enfermero que me atendía apenas podía hacer su trabajo. Con la jeringa en mano, daba mil vueltas a mi cama porque Charly no dejaba que el hombre se me acercara. Y, por supuesto, su maletín fue orinado. Para poder recibir el tratamiento, teníamos que encerrar al perro antes de la llegada del enfermero.
Hubo una persona, digamos, especial en mi vida. Un día me enteré que se había portado mal conmigo. Cuando vino a verme, le planteé el problema con sinceridad, y por supuesto, él no quiso reconocer su falta. Me mantuve firme en mi criterio y le dije que no quería verle más, que no volviera. Se levantó y dijo:
—¿Cómo voy a volver, si hasta tu mascota me pone mala cara? ¡Míralo, cómo me muestra los dientes!
Charly, que solía echarse a mis pies, en esa oportunidad estuvo sentado entre el hombre enojado y yo, como si estuviera de guardia. Cuando el señor se retiró, mis hijos se acercaron. Habían estado escondidos, controlando la situación. Abrazando al perro y riéndose, me contaron sus impresiones. Nunca más supe de aquel hombre.
Cuando ya vivía en España, comunicábamos con mis hijos tres veces a la semana mediante videoconferencias. Una noche les pregunté por Charly y David me dijo:
—Por allí anda, te ha extrañado cuando te fuiste, te buscaba por toda la casa y, algo que nunca había hecho antes, empezó a acostarse en tu cama.
Lo llamé dos veces a través de la pantalla, y salto a las piernas de David. Su lengua y su patita rozaban el monitor; gemía, ladraba muy suave, parecía que se quejaba. José le habló. El perro se quedó quieto, como si lo observara. No se movió hasta que terminamos la conversación. Después nos despedimos.
Al otro día por la noche, los chicos se comunicaron de nuevo, lo que me sorprendió. Resulta que Andrés nos quiso contar sobre otra travesura de Charly. Un rato después de nuestra última conversación, se encontró en el piso el teclado roto, con las marcas de las patitas del culpable. Desde ese momento fue nombrado «Charly el informático».
Aquella vez que José vino a Mendoza para el compromiso de David, comprobamos con satisfacción que el perro lo amó desde el primer instante. Cuando salíamos, nos acompañaba hasta la puerta, donde se echaba y nos esperaba hasta el regreso. Todas las fiestas y gemidos eran para José. En la cama dormía a sus pies, cosa que nunca hizo conmigo; solía dormir a mi lado, pero en el suelo. Y lo más importante: ni la ropa ni los zapatos de José jamás fueron orinados. Mis hijos bromeaban: « ¡Aceptado!», porque Charly no fallaba nunca. Tampoco se equivocó con José. Por eso mis hijos lo suelen contar como una anécdota.
Sinceramente, podría contar mucho más sobre las jugarretas de mi mascota. Pero menciono una sola, la más dramática, cuando Charly se comió todos los billetes de mi sueldo del mes. Y en aquellos momentos mi situación económica estaba muy difícil.
En uno de mis viajes, José me dijo que quería averiguar si se podía traer a Charly a España. Al principio me agradó mucho su idea. Mas pensé en mis hijos y me dije que no podía dejarlos solos, sin su querido amigo. Además, fue a Andrés a quien le habían regalado a Charly; por eso él era su dueño.
