Mi esposo era como un niño, siempre inventaba algo. Una tarde me encontraba descansando después de comer. Entonces llegó él, se sentó a mi lado y me preguntó:
—¿A dónde te gustaría ir o encontrarte en este momento?
Le contesté que no podía responderle porque me había sorprendido su pregunta. Sonriendo, exclamó:
—Piensa, por favor, y me lo dirás. ¿Sí? —Y abandonó la habitación.
Me quedé pensando en el tema. Al pensar un rato, se me ocurrió una respuesta. ¡Sí, claro que sí! Lo esperé contenta, y cuando regresó a mi lado le dije:
—Me gustaría ir a Argentina y quedarnos en nuestro piso una temporada.
—¡Bien! —contestó—. Mañana mismo compramos los billetes y nos vamos.
Ya hacía un tiempo que habíamos comprado aquel apartamento en Mar de Plata y hacía un año que Andrés se había mudado a España. Vivía con nosotros en Guardamar. Trabajaba con camiones grandes. Era algo nuevo para él; antes no los había manejado nunca, pero al poco tiempo logró conducirlos. Al recordar esto, pensé: ¿Y mi hijo? Si nos vamos, él se quedará solo. ¿Qué decisión debo tomar acerca de la situación? Me pasé muchas horas pensando en qué hacer, muchas horas de tensión nerviosa. En la noche hablé con José, le planteé el problema. ¿Cómo se las arreglaría?
—Nada, vivir —me contestó—. Tendrá que atenderse solito, cocinar para comer, ocuparse del cuidado de su ropa. Y por encima de todo, aprender y aceptar que su mamita no está.
Mi corazón dio un vuelco muy grande. José me miró con cariño.
—Déjalo, mujer —dijo—. Le hará bien, se quedará en el piso y le ayudaremos. Calma, querida, sabes que lo quiero, le hará bien ocuparse de su persona, mantener la casa limpia y arreglada; en fin, vivirá por sus propios medios. Se hará un hombre de bien.
El rostro de Andrés quedó grabado en mi memoria cuando le di la noticia. Le expliqué que seguiría en el piso, que no lo dejaríamos sin apoyo. No sabía qué decir y solo murmuró:
—Bueno, viejita, tú tienes que hacer tu vida. Ve tranquila, que yo me apañaré.
Pero sus ojos no me decían lo mismo.
Desde ese instante hasta sus pasos habían cambiado. Era un chico serio, más bien de muy poco hablar, que desde esa novedad se le notaba aun más. Por otra parte, mi angustia crecía por minutos a medida que se acercaba el día de nuestra partida.
Y como todo, el momento llegó. En silencio nos ayudó con el equipaje. Varias veces lo descubrí mirándome, como si quisiera dejar mi imagen perpetuada dentro de su mente. Después llegó el taxi que nos llevaría al aeropuerto.
Como siempre, no podía hablar en mis despedidas. Acariciaba el rostro y las manos de mi hijo. Nos abrazamos muy fuerte y nos besamos. Me costó mucho dejarle. Tampoco él me decía nada, solo respondía a mis caricias.
Recuerdo que el taxi era un coche amplio, con la luneta trasera muy grande. Al subir, miraba a Andrés a través del cristal. Él se paró en el medio de la calle, con su brazo en alto, con la cabeza inclinada. Su figura se hacía cada vez más pequeña, y después lo dejé de ver. Nunca le pregunté, pero estoy segura de que iba detrás de nosotros.
Mi viaje fue un desastre; no podía olvidar su imagen. Pensaba sin parar en cómo le iría. Al llegar al destino, fuimos a nuestro piso. Como no sabía qué tiempo nos íbamos a quedar allí, me sentía como perdida sin mi hijo. Recibía sus noticias, pero sospechaba que él no me contaba todo para no preocuparme.
Volví a Guardamar tres años más tarde, llena de un dolor muy profundo. Estaba muy triste. Mi esposo había dejado ya este mundo. Al venir, tuve una sorpresa: en lugar de un chico reservado y tímido, encontré a un hombre independiente y seguro de sí mismo. Ya no estaba solo. Había formalizado una relación de pareja con Gemma, una buena mujer.
Por eso siempre le agradezco a José por haber confiado en Andrés. Estoy sola, sin esposo, pero tengo a mi lado a este hombre, que es mi querido hijo. Y también tengo al pequeño que tanto deseó José, el hijo de Andrés y de Gemma, mi querido nieto David. Ellos dos son todo para mí.
¡Cuánta razón tenías, cariño! Tú te diste cuenta de que yo lo sobreprotegía con mi amor materno, lo cual le hacía daño. Por eso nos separaste. Sufrí, pero valió la pena.
