Al principio de mi relación con José tuvimos una conversación muy importante. Juramos uno al otro que nunca tendríamos peleas. Y que tampoco faltaríamos el respeto.
—Si hay que decir las cosas, las diremos por más terribles que fuesen —dijo él—; pero sin escándalos ni ofensas. Y, principalmente, sin insultos ni palabrotas, que para mí sería la mayor humillación. Si eso llegara a suceder —añadió—, sería el fin de nuestra relación.
Después calló un rato y continuó:
—Y no volveremos a hablar del tema. No es necesario hacerlo, porque yo nunca me comporto de esa manera, y me había dado cuenta de que tú tampoco.
Aquello me pareció muy bien, pues tenía experiencias amargas de maltrato por parte de mi primer esposo.
Pasó bastante tiempo después de aquella conversación. Corría el año 2004 y por aquel entonces ya estábamos viviendo en Argentina; llevábamos varios meses en nuestro piso. Una hermosa mañana, al levantarme lo encontré chateando con Andrés, que estaba en Guardamar. Al terminar el chat, José me comentó que mi hijo era un tonto, pues no entendía por qué no se casaba con Gemma de una buena vez por todas. Si continuaba así la iba a perder, y sería una pena, ya que ella era una buena muchacha y él la quería. No le estaba gustando su postura para con ella. No sé qué me había ocurrido en aquel momento. Me habría levantado mal o quizás no me habría gustado su tono al hacer ese comentario sobre mi hijo… Solo recuerdo que me di la vuelta y exclamé:
—¡Por favor, Andrés no es ningún tonto! ¿Qué te pasa, boludoooo?
Al finalizar la «o», tomé conciencia de lo que acababa de hacer, y ante mí resurgió aquella promesa que habíamos hecho años atrás: sin escándalos ni ofensas. Y entonces mi di cuenta de mi error. Miré a mi esposo y tuve la impresión de que se había encogido. Despacio, empezó a alejarse de mi lado. Iba arrastrando los pies como si estuviera muy cansado, y así salió del despacho. Comprendí lo fea que había sido mi conducta. Lo raro fue que comportarse de ese modo no era propio de mi persona, nunca había usado palabras tan feas. ¡Dios mío! ¿Por qué lo hice? A pesar de mi confusión, reaccioné enseguida y fui a buscarlo rápidamente.
Lo encontré en la sala, en su sillón preferido. Jamás olvidaré aquella imagen. En un instante, por mi mente cruzó todo lo que había hecho por mí. Y por mis hijos… ¡Todo! Estaba encorvado como un viejito, con la cabeza gacha, sostenida entre las manos. Quise llamarlo, pero no pude. Volví a intentarlo, y no conseguí emitir ni un sonido, no tenía voz; solo logré acercarme a él. Muy suavemente le retiré las manos del rostro y descubrí sus lágrimas, que me produjeron mucho dolor. ¿Cómo pude ofender a un hombre tan querido y que me había hecho tanto bien? ¡No merecía perdón!
Un escalofrío sacudió todo mi cuerpo cuando escuché sus palabras:
—Te miro y pienso que te estoy conociendo demasiado…
No entendí el significado de aquellas palabras. Las lágrimas me ahogaban. Cuando sentí su mirada en mi rostro, ya no pude contenerlas. Traté de abrazarlo, pero él me apartó de su lado. De todas formas, lo pude hacer y le pedí perdón. Entonces, mirándome a los ojos, exclamó:
—¡No, no te perdono!
El corazón me latía con tanta furia que temía que me estallara. No podía dar crédito a lo que oía. Pero en nuestro juramento había quedado bien definido y aceptado por ambas partes que si uno de los dos cometiera aquella falta todo quedaría terminado sin explicaciones. Cuando José nuevamente quiso decirme algo, creí que iba a repetir que no habría perdón. Pero escuche lo siguiente:
—No te perdono, pero sí lo comprendo. Acabo de descubrir otra faceta tuya, la faceta maternal. Cuando usaste aquella palabra tan fea no eras mi muñeca, eras la madre que defendía a su hijo. Y te pido que no hablemos más del asunto. En lo adelante, espero que siempre me contestes como mi esposa.
Nos abrazamos con fuerza y nos besamos con mucho cariño. Fue maravilloso sentirme de nuevo tan amada.
¿Cómo no te voy a extrañar, si tenías tu propia explicación para todo y en cada situación me mostrabas lo mucho que me querías? Contigo aprendí el significado del verdadero amor.
